El Nombre de La Rosa - Umberto Eco
"(...) hacia la pared meridional ROMA (¡paraíso de los clásicos latinos!) e YSPANIA. (...) Entre oriente y septentrión, a lo largo de la pared, ACAIA, buena sinécdoque, como dijo Guillermo, para referirse a Grecia (...)
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martes, 26 de noviembre de 2013
Propercio
(Asís, Umbría, Italia, h. 55-43 a.C. - ¿?, después de 16 a.C.). Sexto
Propercio. Poeta romano. La poesía elegíaca latina, que se diferenció
fundamentalmente de la griega por su énfasis en una mayor subjetividad,
tuvo en Propercio a su más caracterizado representante.
Su familia, perteneciente a la clase ecuestre, lo envió a Roma hacia el 34, tal vez con el deseo de que llevara a cabo una carrera oficial. Pronto, sin embargo, Propercio decidió dedicarse a la poesía, y durante el resto de su vida se entregó a la redacción de sus cuatro libros de Elegías. El primero de ellos, llamado en ocasiones Cintia por la enigmática dama romana -posiblemente una cortesana o una mujer
casada- a quien estaba dedicado, se publicó en el 29 y proporcionó a Propercio un enorme prestigio. Ello permitió al poeta ingresar en el círculo del influyente Mecenas, al que pertenecían autores como Virgilio y Horacio, los cuales, junto a los poetas helenísticos alejandrinos -Propercio se consideraba a sí mismo «el Calímaco romano»- constituyeron su principal influencia.
Si el primer libro se caracterizaba por la alternancia entre pasajes líricos con otros de sensual apasionamiento, el segundo, aparecido en el año 25, estaba dominado por un tono de cruda amargura, sentimiento cuya emotividad Propercio supo realzar mediante la creación de atmósferas de singular verismo. Tras su ruptura con Cintia, sin embargo, el autor quiso trascender la temática amorosa usual en la poesía elegiaca. Así, los libros tercero (22 a.C.) y cuarto, éste tal vez de publicación póstuma, incluían desde poemas humorísticos y realistas a elegías funerales y composiciones mitológicas e históricas, variedad sólo posible mediante un tratamiento complejo y flexible del metro elegiaco -sucesión de dísticos compuestos por un hexámetro y un pentámetro-. Por su riqueza estilística y hábil síntesis de motivos estéticos, psicológicos y filosóficos, estas últimas elegías se consideran con frecuencia la cumbre del género en la poesía romana.
La fecha de la muerte de Propercio, cuyos últimos años transcurrieron en una suntuosa villa romana, es incierta, si bien se sabe que fue posterior al 16 a.C. Su obra, que influyó en autores romanos tan diversos como Ovidio y Petronio y fue admirada por los poetas renacentistas, resulta en ocasiones compleja y oscura, pero su capacidad de reflexión sobre la naturaleza humana mantiene hoy plena vigencia.
Fuente: http://www.mienciclo.es.wdg.biblio.udg.mx:2048/enciclo/index.php/Propercio
Su familia, perteneciente a la clase ecuestre, lo envió a Roma hacia el 34, tal vez con el deseo de que llevara a cabo una carrera oficial. Pronto, sin embargo, Propercio decidió dedicarse a la poesía, y durante el resto de su vida se entregó a la redacción de sus cuatro libros de Elegías. El primero de ellos, llamado en ocasiones Cintia por la enigmática dama romana -posiblemente una cortesana o una mujer
casada- a quien estaba dedicado, se publicó en el 29 y proporcionó a Propercio un enorme prestigio. Ello permitió al poeta ingresar en el círculo del influyente Mecenas, al que pertenecían autores como Virgilio y Horacio, los cuales, junto a los poetas helenísticos alejandrinos -Propercio se consideraba a sí mismo «el Calímaco romano»- constituyeron su principal influencia.
Si el primer libro se caracterizaba por la alternancia entre pasajes líricos con otros de sensual apasionamiento, el segundo, aparecido en el año 25, estaba dominado por un tono de cruda amargura, sentimiento cuya emotividad Propercio supo realzar mediante la creación de atmósferas de singular verismo. Tras su ruptura con Cintia, sin embargo, el autor quiso trascender la temática amorosa usual en la poesía elegiaca. Así, los libros tercero (22 a.C.) y cuarto, éste tal vez de publicación póstuma, incluían desde poemas humorísticos y realistas a elegías funerales y composiciones mitológicas e históricas, variedad sólo posible mediante un tratamiento complejo y flexible del metro elegiaco -sucesión de dísticos compuestos por un hexámetro y un pentámetro-. Por su riqueza estilística y hábil síntesis de motivos estéticos, psicológicos y filosóficos, estas últimas elegías se consideran con frecuencia la cumbre del género en la poesía romana.
La fecha de la muerte de Propercio, cuyos últimos años transcurrieron en una suntuosa villa romana, es incierta, si bien se sabe que fue posterior al 16 a.C. Su obra, que influyó en autores romanos tan diversos como Ovidio y Petronio y fue admirada por los poetas renacentistas, resulta en ocasiones compleja y oscura, pero su capacidad de reflexión sobre la naturaleza humana mantiene hoy plena vigencia.
Fuente: http://www.mienciclo.es.wdg.biblio.udg.mx:2048/enciclo/index.php/Propercio
Tibulo
Poeta latino, autor de elegías eróticas, nacido hacia el año 57 a.C. y
muerto hacia el 17 a.C., aunque algunas fuentes situán el fallecimiento
en el 19 a.C.
Éste es uno de los pocos vestigios sobre la vida de Tibulo. Esta sucinta “vida de
Tibulo” fue obra de un compilador medieval que tal vez pudo hojear algún
capítulo, hoy perdido, del De poetis de Suetonio.
También adjunto a sus manuscritos aparece un epigrama de un tal Domicio
Marso que poco añade a la Carmina (I 33) y en Epístolas (I 4); y también Ovidio habla en Tristia (IV 10, 51-54) de Tibulo como predecesor suyo en el género elegíaco latino, así como en Amores (III, 9) lamenta su muerte.
escueta semblanza medieval. Así pues, los pocos datos biográficos derivan principalmente de estos dos testimonios, de sus propias elegías y de algunas referencias de sus contemporáneos, entre ellos Horacio, quien alude a un Albio, identificado con este poeta, en
Seguramente su familia fue ecuestre y pudiente. Por mucho que hiciera gala de pobreza en su elegía inaugural (I 1), hay que atribuirla a un simple tópico literario: el amante y poeta elegíaco debía ser pobre por convención. Y de su acomodada situación nos avisa Horacio en Epístolas (I 4, 6-7):
“los dioses te otorgaron belleza, los dioses te otorgaron riquezas y el arte de disfrutarlas”.
Y, además, su elegía II 1 presenta una escena de campo nutrida de esclavos, algo que casa con la típica aristocracia de su época. Menciones sueltas se leen en su obra sobre su madre, su hermana y su padre, quien debió de haber muerto cuando el poeta era aún niño. Como menciona la “vida tibuliana” de época medieval, trabó enseguida amistad con el orador, militar y protector de las letras Valerio Mesala Corvino (64 a.C.-8 d.C.), durante las campañas en la Galia y en Oriente. Pese a visitar lugares exóticos como Palestina y Tiro, siempre echó de menos la vida campestre de su Italia natal. Ni la política ni la milicia atraían a Tibulo tanto como su vocación poética, a la que dedicó, no obstante, poco tiempo de su vida. Tibulo fue el poeta por antonomasia del círculo literario de Mesala, en compañía de Lígdamo, Vagio Rufo o Sulpicia. Su muerte ocasionó honda consternación entre los ambientes poéticos de Roma, más si cabe cuando otro de los grandes, Virgilio, había muerto recientemente en el 19 a.C.
Con todo, la aristocracia romana de época augústea puso de moda, a la zaga de un mayor refinamiento, costumbres griegas entre las que se encontraba la pederastia, de guisa que, tal vez, este trío de poemas relaten una verídica relación homosexual del autor, tal como ocurre en las composiciones que cortejan o reprenden a sus amadas. De hecho, otro elegíaco, Propercio, elogió sin reparos las virtudes de la efebía (II 4, 17-22).
Son dos las amantes a quienes trova Tibulo: Delia y Némesis. De una posible tercera amante, Glícera, no sobrevive testimonio nominal en su obra, aunque las composiciones III 19 y 20 puedan dirigirse a ella. De su existencia y su relación sentimental con nuestro elegíaco tan sólo quedan noticias debidas a Horacio, quien en su Oda I 33, 1-3 nos avisa de que el poeta la ha perdido por otro cortejador más joven y que le escribe elegías. Tanto Delia como Némesis son pseudónimos poéticos tras los que se disfrazan sus verdaderos nombres, según la costumbre elegíaca iniciada por Cornelio Galo y Catulo. Ellos ocultaron, respectivamente, con el nombre literario de Licóride a la mima Volumnia Citéride y con el de Lesbia a Clodia. Y así el primer amor de Tibulo, Delia, según noticia de Apuleyo (Apología 10), encarnaba en la vida real a una dama conocida como Plania, seguramente de origen griego. Ni Némesis ni Glícera despertaron en Tibulo la misma pasión que Delia. Pero todas se muestran infieles y, en exceso, amantes del dinero, ambición que maldice repetidamente Tibulo como causa de sus cuitas y de la decadencia moral de Roma. Némesis fue el último amor poco antes de la muerte del poeta, y es el prototipo de cortesana avara, más infiel incluso que Delia. La relación sentimental entre ambos fue corta, pero de gran intensidad pasional. Estas derrotas en el terreno amoroso tiñen sus poemas de pesimismo, en los cuales amenaza siempre una futura pérdida y la sensación de no poder gozar la felicidad en plenitud. La dicha campestre y sus amores están siempre bajo la sospecha de que vendrá una tormenta de sufrimiento. El poeta, entonces, se reconforta con el pasado mejor recordando la Edad de Saturno, tiempo cándido y dichoso, donde el amor era fidedigno y no había instaurado su anarquía el deseo desmesurado de riquezas. Un ejemplo hermoso de esta añoranza se lee en su elegía II 3. Dicen así algunos de sus versos (68-74a):
Esta estructuración multicolor, donde se imbrican al unísono relaciones femeninas y masculinas con elogios personales, mana de un criterio, también helenístico, conocido en la literatura latina como variatio. La finalidad de este recurso estilístico es singularizar y realzar cada poema por contraste temático y tonal con los precedentes y siguientes.
Algunos estudiosos han estimado que el segundo libro de elegías tibulianas está inacabado, basándose en su cortedad (tan sólo 6 elegías), en su edición póstuma y en su agrupación, de menor cuidado que la del primer libro. La colocación y la temática de los poemas resultan semejantes a las del primero, pero el poeta, esta vez, se engolfa en una nueva relación, también frustrante, con Némesis. La elegía inicial (II 1) está en la línea alejandrina de su poema I 7, de encomio a Mesala, puesto que se trata de un poema festivo de los Ambarvalia (festividad campesina romana durante la cual se paseaba a un animal sacrificial por los campos con el objeto de obtener de las divinidades fertilidad para los cultivos) dedicado a su mecenas. Este canto celebrativo no retorna a un mundo pastoril idílico como las elegías I 1 y 10, sino que dibuja la vida rústica de su país dando pinceladas sueltas de muchos detalles campestres. En él (II 1, 79-80) Tibulo parece sugerir que otra vez está enamorado. Dice así:
La elegía II 2 celebra otro cumpleaños, el de su amigo Cornuto. En la II 3 Tibulo desciende a su tónica habitual: la batalla de amor y la vida arcádica. El poeta nos revela ahora, por vez primera, el nombre de su nueva querida, Némesis. Tibulo vive esos días en la ciudad, mientras su amada disfruta en compañía de un nuevo amante, rico y seguramente con alquería en el campo, de unos días de asueto, lejos de la urbe y del poeta. Ante este nuevo descalabro, Albio se reconforta soñando con la vuelta de la Edad de Oro, con el mismo tono que en I 1 y 10, imprecando a su rival y suplicando a Némesis que lo quiera, aunque tenga que arar la tierra como un labriego. Las composiciones II 4 y 6 están unidas por los ruegos monocordes a su amada avara, quien acoge antes los regalos de sus pretendientes ricos (munera amoris) que la poesía del pobre Tibulo. Esta veleidad y egoísmo atormentan a Tibulo, quien se debate entre ser rico para así contrarrestar el atractivo de sus rivales a ojos de Némesis o rogar a los dioses que aparten de su amada a la alcahueta Frine, quien induce a Némesis a preferir a los adinerados galanteadores. La elegía II 5 es un himno de felicitación a M. Valerio Mesalino, hijo de Mesala Corvino, por su elección como miembro de los Quindecimviri (magistrados que custodiaban los Libros Sibilinos).
Tibulo levantó con estos tópicos una compleja arquitectura donde el lector pasa de uno a otro y luego los repasa de nuevo gracias a versos de transición. En muchos casos, las elegías se desarrollan anularmente, al abrirse y terminarse con un mismo tema. Entretanto, la idea principal repta ligeramente por temas secundarios sin diluirse totalmente. A veces, resulta confuso, casi caótico, falto de lógica, por esa continua transición temática que aspira a contener muchas ideas en poco espacio. Pese a todo, esa conexión vaga de temas variados, hilvanada con escenas y metáforas, resulta amable y llena de emoción para el lector.
Su estilo no es tan exuberante como el de Propercio, sino que se supedita a lo que los críticos alejandrinos denominaron “estilo tenue”, para el que la lucidez y la simpleza están por encima de lo grandilocuente y lo ampuloso. Tibulo rechaza los experimentos lingüísticos, a veces exhibicionistas, al modo de Propercio, y prefiere ceñirse a una sobriedad contenida para dar rienda suelta a un lenguaje íntimo, auténtico y limpio. En sus versos brillan por su ausencia los coloquialismos, tan manidos en Catulo o Propercio, los adjetivos o expresiones adverbiales de tono conversacional. No se encuentran palabras o grupos expresivos cargados de un cariño sensiblero, como mea lux (“mi lux”, de Catulo) o mea vita (“mi vida”, de Propercio), sí, en cambio, mea Delia (“mi Delia”), con igual carga emocional pero de menor artificiosidad. Así pues, la economía del lenguaje al servicio de la pureza y claridad es la premisa mayor del estilo tibuliano. Esta moderación se aprecia también en las imágenes, directas, carentes de monumentalidad decorativa, capaces de transmitir con precisión y encanto las ideas al lector que se conmueve por la cristalina exposición. El ritmo de su verso es elegante, brotado sin esfuerzo, y cada dístico encierra un sentido en sí mismo, encadenándose unos a otros con la misma facilidad que los temas.
Fuente: http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=tibulo-aulo-albio
Vida
“Albio Tibulo, caballero romano de Gabios [la ciudad italiana de Castiglione],
conocido por su belleza y admirable por el cuidado de su aspecto, antes
que a otros prefirió al orador Corvino Mesala, de quien también fue
compañero en la guerra de Aquitania y premiado con honores militares.
Éste, según el parecer de muchos, ocupa un lugar principal entre los
elegíacos. Asimismo sus epístolas amatorias, si bien breves, son en todo
útiles”.
escueta semblanza medieval. Así pues, los pocos datos biográficos derivan principalmente de estos dos testimonios, de sus propias elegías y de algunas referencias de sus contemporáneos, entre ellos Horacio, quien alude a un Albio, identificado con este poeta, en
Seguramente su familia fue ecuestre y pudiente. Por mucho que hiciera gala de pobreza en su elegía inaugural (I 1), hay que atribuirla a un simple tópico literario: el amante y poeta elegíaco debía ser pobre por convención. Y de su acomodada situación nos avisa Horacio en Epístolas (I 4, 6-7):
“los dioses te otorgaron belleza, los dioses te otorgaron riquezas y el arte de disfrutarlas”.
Y, además, su elegía II 1 presenta una escena de campo nutrida de esclavos, algo que casa con la típica aristocracia de su época. Menciones sueltas se leen en su obra sobre su madre, su hermana y su padre, quien debió de haber muerto cuando el poeta era aún niño. Como menciona la “vida tibuliana” de época medieval, trabó enseguida amistad con el orador, militar y protector de las letras Valerio Mesala Corvino (64 a.C.-8 d.C.), durante las campañas en la Galia y en Oriente. Pese a visitar lugares exóticos como Palestina y Tiro, siempre echó de menos la vida campestre de su Italia natal. Ni la política ni la milicia atraían a Tibulo tanto como su vocación poética, a la que dedicó, no obstante, poco tiempo de su vida. Tibulo fue el poeta por antonomasia del círculo literario de Mesala, en compañía de Lígdamo, Vagio Rufo o Sulpicia. Su muerte ocasionó honda consternación entre los ambientes poéticos de Roma, más si cabe cuando otro de los grandes, Virgilio, había muerto recientemente en el 19 a.C.
Tibulo y el círculo poético de Mesala
Durante el gobierno de Octavio Augusto florecieron dos círculos poéticos de gran trascendencia para las letras latinas. De una parte, el oficial, apadrinado por el mismo emperador y patrocinado por Mecenas, a cuyo abrigo escribieron Virgilio y Horacio, por ejemplo; y por otra, el club literario de Mesala, en cierta medida disidente de la política imperial y ajeno a la propaganda política que el primero, a veces, hacía con el empeño fundamental de divulgar las mercedes de la restauración augústea y de exaltar valores estoicos, muy acomodados a los ideales del príncipe. En el segundo ateneo prosperó especialmente la elegía erótica latina, en esencia apolítica, gracias a las contribuciones, entre otros, de Propercio, el propio Tibulo, su adalid, y finalmente Ovidio. Pese a esta supuesta rivalidad ideológica, las amistades personales entre miembros de ambos círculos fue fluida, así como el intercambio de inquietudes e intereses poéticos. Esto es fácilmente constatable por los homenajes en verso que poetas de uno y otro ámbito se tributaron. Ahora bien, existieron algunas diferencias entre uno y otro ambiente aparte de las puramente políticas. Si en el círculo de Mecenas la dirección moral y literaria recaía en el patrón, en el segundo Mesala aportaba fundamentalmente los recursos, delegando en Tibulo los criterios literarios. Éste creó un mundo poético al que los miembros de su club se ceñían, hasta tal punto que Lígdamo o Sulpicia modelaron sus elegías según los parámetros tibulianos tan bien que se parecen mucho por su tono y temática a las del maestro. En otro sentido, la poesía acaudillada por Augusto, al elogiar el nuevo estado político instaurado gracias al príncipe o, en último caso, las viejas glorias romanas, buscó temas y géneros elevados, como la épica (el más ilustre ejemplo es la Eneida de Virgilio), para cantarlas acorde. En cambio, Tibulo y su discípulo poético bebieron del género elegíaco propio de los neotéricos (Gayo Valerio Catulo o Cornelio Galo), del que adoptaron sobre todo el subjetivismo, el tema amoroso y el metro, el dístico elegíaco. Y así, por ejemplo, el anónimo Panegírico a Mesala, obra de un componente del círculo con ocasión del ascenso de Mesala en el 31 a.C. al consulado, debe entenderse como una muestra de gratitud del poeta a su patrón, pero no como un encomio político, forzado por la pertenencia al grupo. Mesala Corvino conseguía el prestigio al mantener una pléyade de poetas bajo su patrocinio, pero no los utilizó abiertamente para fines personales y políticos, pese a tener ideales republicanos.Obra
La obra de Tibulo está recogida en el cancionero del círculo de Mesala, conocido como Corpus Tibullianum, donde se integran en tres libros las creaciones de Tibulo, Lígdamo y Sulpicia, todas escritas en dísticos elegíacos. En concreto, las composiciones de los dos primeros libros pertenecen a Tibulo. El tercer libro contiene las creaciones de Lígdamo, con seis poemas (III 1-6) de Sulpicia, junto con otros seis (III 13-18), aunque otros cuatro (III, 8-12) se le atribuyen con reservas; dos poemas considerados de Tibulo (III 19 y 20) y el famoso Panegírico a Mesala (III 7).Temas
Tibulo había padecido los estragos de la guerra fratricida en sus propias carnes. Curtido en campañas militares al mismo tiempo que su amigo Mesala —conocedor, por tanto, directo de sus tragedias— muestra en su poesía un talante pacifista (cf. I 10) y un anhelo de tranquilidad que cuaja con numerosas evocaciones de la placidez campestre, de forma similar que en las Bucólicas y Geórgicas de Virgilio. En este marco rural, el poeta canta y llora sus amores reales, no ficticios. Así pues, estas dos esferas son constantes en su poética: el amor entendido como milicia (militia amoris) y la vida campesina, aprendida según los preceptos epicúreos. Y resulta paradójico que sus aventuras amorosas se desenvuelvan en el entorno casi pastoril predicado por el epicureísmo y, sin embargo, resulten en exceso apasionadas, donde el poeta termina sollozando su propia desgracia, algo que la filosofía epicúrea rechazaba por completo. En su poemario, Tibulo hilvana un rico ramillete de tópicos relacionados con el amor: el desprecio de las riquezas, la avaricia de las jóvenes (puellæ avaræ), el amante esperando en la puerta de la amada (exclusus amator), el maestro de amor (præceptor amoris), el amante rico (dives amator), la Edad de Oro, la Edad de Hierro, el pacto de amor transgredido (f?dus amoris violatum) o la alcahueta instigadora (lena avara).Amores
Tibulo escribe fundamentalmente sobre el amor heterosexual a mujeres, si bien dedica un ciclo de tres elegías al amor homosexual por un jovencito llamado Márato (I 4, 8 y 9). Se trata de una historia típica de pederastia (que parte de la crítica considera un invento), de corte alejandrino, con el que Tibulo probó fortuna literaria en un tópico trillado desde la lírica griega y que tenía ya emuladores en la poesía latina bajo la etiqueta de puer delicatus o amor puerorum (“el chico tierno” o “el amor por los jóvenes”). Virgilio, en sus Bucólicas, ya había poblado su universo idílico de pastores homosexuales, así como el amigo de Tibulo y compañero de círculo, Valgio Rufo (cónsul en el 12 a.C.), también flirteó poéticamente con el joven Miste.Con todo, la aristocracia romana de época augústea puso de moda, a la zaga de un mayor refinamiento, costumbres griegas entre las que se encontraba la pederastia, de guisa que, tal vez, este trío de poemas relaten una verídica relación homosexual del autor, tal como ocurre en las composiciones que cortejan o reprenden a sus amadas. De hecho, otro elegíaco, Propercio, elogió sin reparos las virtudes de la efebía (II 4, 17-22).
Son dos las amantes a quienes trova Tibulo: Delia y Némesis. De una posible tercera amante, Glícera, no sobrevive testimonio nominal en su obra, aunque las composiciones III 19 y 20 puedan dirigirse a ella. De su existencia y su relación sentimental con nuestro elegíaco tan sólo quedan noticias debidas a Horacio, quien en su Oda I 33, 1-3 nos avisa de que el poeta la ha perdido por otro cortejador más joven y que le escribe elegías. Tanto Delia como Némesis son pseudónimos poéticos tras los que se disfrazan sus verdaderos nombres, según la costumbre elegíaca iniciada por Cornelio Galo y Catulo. Ellos ocultaron, respectivamente, con el nombre literario de Licóride a la mima Volumnia Citéride y con el de Lesbia a Clodia. Y así el primer amor de Tibulo, Delia, según noticia de Apuleyo (Apología 10), encarnaba en la vida real a una dama conocida como Plania, seguramente de origen griego. Ni Némesis ni Glícera despertaron en Tibulo la misma pasión que Delia. Pero todas se muestran infieles y, en exceso, amantes del dinero, ambición que maldice repetidamente Tibulo como causa de sus cuitas y de la decadencia moral de Roma. Némesis fue el último amor poco antes de la muerte del poeta, y es el prototipo de cortesana avara, más infiel incluso que Delia. La relación sentimental entre ambos fue corta, pero de gran intensidad pasional. Estas derrotas en el terreno amoroso tiñen sus poemas de pesimismo, en los cuales amenaza siempre una futura pérdida y la sensación de no poder gozar la felicidad en plenitud. La dicha campestre y sus amores están siempre bajo la sospecha de que vendrá una tormenta de sufrimiento. El poeta, entonces, se reconforta con el pasado mejor recordando la Edad de Saturno, tiempo cándido y dichoso, donde el amor era fidedigno y no había instaurado su anarquía el deseo desmesurado de riquezas. Un ejemplo hermoso de esta añoranza se lee en su elegía II 3. Dicen así algunos de sus versos (68-74a):
“la bellota sirva de alimento y bébase el agua a la antigua usanza.
La bellota alimentó a los antiguos y siempre amaron a discreción. ¿En
qué perjudicó no haber tenido los surcos sembrados? Entonces, a quienes
Amor inspiraba, Venus condescendiente propiciaba a las claras sus goces
en un valle sombrío. No había guardían alguno, no había puerta alguna
que excluyera a los que sufren...” (traducción de Juan Luis Arcaz Pozo).
Estructura
El primer libro de Tibulo debió de ser publicado con posterioridad al 27 a.C., si bien cada elegía, quizá, circuló por separado antes de su disposición definitiva en el primer poemario tibuliano. Por ende, la distribución actual de sus composiciones seguramente no obedece a una progresión según el orden de escritura en el tiempo, sino, más bien, a la peculiar reorganización que Tibulo les concedió acorde a los preceptos alejandrinos. La poesía helenística limaba con esmero la estructura, la organización del material poetizable y, en consecuencia, los poetas augústeos, admiradores de aquel estilo, emularon su arte compositivo. Quizá, el poema programático sea el aspecto más señero de este cuidado estructural. Tibulo, como Horacio, por ejemplo, en su Oda primera, compuso su elegía inaugural (I 1) con el mismo fín: ser un ideario en el que quedan impresos a grandes trazos los temas, tópicos y motivos más generales que desgranará en minucia en los poemas subsiguientes (la quietud del campo, el recuerdo de un tiempo dorado para el amor y la vida, el denuesto de las riquezas o el anhelo de una mujer estable hasta la muerte). El epílogo del primer libro (I 10), en réplica anular, clausura el libro retomando sucintamente los mismos asuntos. Es más, la invocación inicial de la vida apacible del campo cierra la última elegía del libro, preservando así su unidad. Las elegías I 2 y 3 dejan oír la voz quejumbrosa del poeta por el amor no correspondido de su amada Delia. Su amor por ella vertebra las elegías I 5 y 6, donde la desesperación, la indignación y el lamento se agudizan, pues la amada se vende a un rival rico. La composición I 4 mitiga el naufragio amoroso que Tibulo vive con Delia. Ahora el poeta nos canta sus desvelos pedarásticos con Márato, que desarrollará hasta la definitiva ruptura a través de los poemas I 8 y 9. La elegía I 7 es un remanso de paz en medio del asedio amoroso. Tibulo fabrica una felicitación a la manera helenística para su mecenas; en ella celebra el triunfo de Mesala Corvino sobre los aquitanos al tiempo que su cumpleaños. Recuerda en el poema los lugares exóticos que ha visto en compañía de Mesala, cuando sirvió con él en diferentes campañas militares.Esta estructuración multicolor, donde se imbrican al unísono relaciones femeninas y masculinas con elogios personales, mana de un criterio, también helenístico, conocido en la literatura latina como variatio. La finalidad de este recurso estilístico es singularizar y realzar cada poema por contraste temático y tonal con los precedentes y siguientes.
Algunos estudiosos han estimado que el segundo libro de elegías tibulianas está inacabado, basándose en su cortedad (tan sólo 6 elegías), en su edición póstuma y en su agrupación, de menor cuidado que la del primer libro. La colocación y la temática de los poemas resultan semejantes a las del primero, pero el poeta, esta vez, se engolfa en una nueva relación, también frustrante, con Némesis. La elegía inicial (II 1) está en la línea alejandrina de su poema I 7, de encomio a Mesala, puesto que se trata de un poema festivo de los Ambarvalia (festividad campesina romana durante la cual se paseaba a un animal sacrificial por los campos con el objeto de obtener de las divinidades fertilidad para los cultivos) dedicado a su mecenas. Este canto celebrativo no retorna a un mundo pastoril idílico como las elegías I 1 y 10, sino que dibuja la vida rústica de su país dando pinceladas sueltas de muchos detalles campestres. En él (II 1, 79-80) Tibulo parece sugerir que otra vez está enamorado. Dice así:
“¡Ay, desgraciados aquéllos a quienes este dios acucia con
vehemencia! Pero feliz aquél para quien Amor sopla suavemente plácido”.
La elegía II 2 celebra otro cumpleaños, el de su amigo Cornuto. En la II 3 Tibulo desciende a su tónica habitual: la batalla de amor y la vida arcádica. El poeta nos revela ahora, por vez primera, el nombre de su nueva querida, Némesis. Tibulo vive esos días en la ciudad, mientras su amada disfruta en compañía de un nuevo amante, rico y seguramente con alquería en el campo, de unos días de asueto, lejos de la urbe y del poeta. Ante este nuevo descalabro, Albio se reconforta soñando con la vuelta de la Edad de Oro, con el mismo tono que en I 1 y 10, imprecando a su rival y suplicando a Némesis que lo quiera, aunque tenga que arar la tierra como un labriego. Las composiciones II 4 y 6 están unidas por los ruegos monocordes a su amada avara, quien acoge antes los regalos de sus pretendientes ricos (munera amoris) que la poesía del pobre Tibulo. Esta veleidad y egoísmo atormentan a Tibulo, quien se debate entre ser rico para así contrarrestar el atractivo de sus rivales a ojos de Némesis o rogar a los dioses que aparten de su amada a la alcahueta Frine, quien induce a Némesis a preferir a los adinerados galanteadores. La elegía II 5 es un himno de felicitación a M. Valerio Mesalino, hijo de Mesala Corvino, por su elección como miembro de los Quindecimviri (magistrados que custodiaban los Libros Sibilinos).
Estilo
El micromundo poético de Tibulo se desenvuelve en medio de dos esferas que de continuo se dan la mano: el amor y el campo. Y esa dualidad temática está engastada en su obra de los tópicos y motivos que Cornelio Galo, Catulo y él especialmente fueron otorgando al género, en su versión latina, hasta dotarlo de personalidad propia. Así, la faceta amorosa está poblada de amantes ricos, de doncellas avarientas, de celestinas pedigüeñas, de un poeta pobre o de un amante en el umbral de la casa de la amada, mientras que la campestre está habitada por pastores, sobrias y fieles labriegas, así como de numerosas remembranzas de la Edad de Oro o, por el contrario, de maldiciones de la actual Edad de Hierro. Este repertorio de subtemas, verdadero arsenal elegíaco, se eligió, en gran medida, para reflejar la vida real de la sociedad aristocrática de su tiempo. Pero Tibulo vertió estos motivos en un marco rústico, a diferencia de los seguidores posteriores de la elegía erótica, Propercio y Ovidio, quienes situaron sus poesías en su entorno natural, Roma.Tibulo levantó con estos tópicos una compleja arquitectura donde el lector pasa de uno a otro y luego los repasa de nuevo gracias a versos de transición. En muchos casos, las elegías se desarrollan anularmente, al abrirse y terminarse con un mismo tema. Entretanto, la idea principal repta ligeramente por temas secundarios sin diluirse totalmente. A veces, resulta confuso, casi caótico, falto de lógica, por esa continua transición temática que aspira a contener muchas ideas en poco espacio. Pese a todo, esa conexión vaga de temas variados, hilvanada con escenas y metáforas, resulta amable y llena de emoción para el lector.
Su estilo no es tan exuberante como el de Propercio, sino que se supedita a lo que los críticos alejandrinos denominaron “estilo tenue”, para el que la lucidez y la simpleza están por encima de lo grandilocuente y lo ampuloso. Tibulo rechaza los experimentos lingüísticos, a veces exhibicionistas, al modo de Propercio, y prefiere ceñirse a una sobriedad contenida para dar rienda suelta a un lenguaje íntimo, auténtico y limpio. En sus versos brillan por su ausencia los coloquialismos, tan manidos en Catulo o Propercio, los adjetivos o expresiones adverbiales de tono conversacional. No se encuentran palabras o grupos expresivos cargados de un cariño sensiblero, como mea lux (“mi lux”, de Catulo) o mea vita (“mi vida”, de Propercio), sí, en cambio, mea Delia (“mi Delia”), con igual carga emocional pero de menor artificiosidad. Así pues, la economía del lenguaje al servicio de la pureza y claridad es la premisa mayor del estilo tibuliano. Esta moderación se aprecia también en las imágenes, directas, carentes de monumentalidad decorativa, capaces de transmitir con precisión y encanto las ideas al lector que se conmueve por la cristalina exposición. El ritmo de su verso es elegante, brotado sin esfuerzo, y cada dístico encierra un sentido en sí mismo, encadenándose unos a otros con la misma facilidad que los temas.
Fuente: http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=tibulo-aulo-albio
Horacio
Horacio: Poesía del día a día
Jazmín
Yajaira Bautista Lara
Quinto Horacio Flaco (conocido comúnmente solo como
Horacio) fue el principal poeta lírico y satírico en lengua latina. Hijo de un
liberto (esclavo manumitido), y nacido en el año 65 a.C., vivió en libertad, mas no se escapó
de recibir desdenes y menosprecios por su situación. A pesar de eso, él no creó
ningún odio ni resentimiento hacia la sociedad que lo trató con inferioridad.
Asistió a la escuela de Venusia, mas su padre creyó que la educación que estaba
recibiendo en ese lugar era demasiado elemental, por lo que lo llevó a Roma en
donde él mismo lo educó. De mayor, Horacio formó parte del ejército de Marco
Junio Bruto, pero luego de ser vencido
esté, Horacio quedó sumido en la pobreza, teniendo que trabajar como escribano
en la oficina de un cuestor para poder asegurarse su subsistencia. Con el
tiempo, Horacio se ganó el respeto y la admiración de demás poetas latinos,
tales como Vario y Virgilio, de quienes se ganó su amistad. Fue gracias a esta
amistad, que Horacio fue presentado ante el ministro y consejero de Augusto, Mecenas,
quien se convirtió en su protector y amigo personal. Su amistad fue de tal
poder y grandeza, que Horacio murió muy poco después que Mecenas, el 28 de
noviembre del año 8 a.C. para ser exactos, y ambos fueron enterrados uno junto
del otro.
Todo el
trabajo poético de Horacio puede dividirse en cuatro géneros poéticos: Los épodos
(o yambos como los llamaba él), las sátiras, las odas y las epístolas.
A pesar
de que los épodos debieron ser las primeras poesías con las cuales trabajó
Horacio, aquellas que primero vieron la luz en una colección completa fueron
las sátiras. Esta primera colección fue publicada entre los años 35 y 34 a.C.,
en las cual el tema predominante es la amistad del autor latino con Mecenas.
Aun así, podemos también encontrar algunas sátiras dedicadas a otras personas y
temas varios. Finalmente, dieciocho son las sátiras que conforman toda la
producción horaciana de este género; diez en su primer libro y ocho en el
segundo. Las sátiras de Horacio
contienen un tinte de la antigua tradición, mas cuentan con la innovación de
que todas están escritas en hexámetros. Además, estas fueron casi siempre escritas
de forma impersonal, sin ofender a nadie ni atacar al individuo directamente.
Los
épodos, que fueron publicados después de las sátiras, conforman una colección
de diecisiete composiciones. Cada uno de ellos trata asuntos muy diferentes
entre sí, más se puede encontrar que los sentimientos predominantes en ellos son
la inquietud, el rencor o la ira.
Las odas
comienzan el segundo gran período de la actividad poética de Horacio. Estas se
encuentran divididas en cuatro libros, aunque solo tres de ellos fueron los
publicados en el año 23 a.C. Más tarde, fue cuando se añadió el cuarto libro
con las odas que Horacio escribió en sus últimos años de vida. Estas odas, cuyo componente fundamental es la
lírica, fueron escritas por el poeta romano inspirándose en la lírica de Alceo.
Horacio se sentía atraído por la lírica del griego por razones de afinidad, ya
que ambos compartían visiones parecidas de la vida y que plasmaron en sus
obras.
Las
epístolas de Horacio vieron la luz siete años después de la publicación de sus
sátiras, cuando el poeta latino vivía en sus años cuarenta. Esta poesía se destaca
por su tono despreocupado, más personal e intimido que Horacio escribe
dirigiéndolas a sus amigos, con temáticas filosóficas-moral, conteniendo
reflexiones y divagaciones del mismo autor. Además, se consideran a estas como
una especie de despedida poética de Horacio. Las epístolas se distribuyen en dos libros. El
primero de ellos consta de veinte composiciones destinadas a variados
personajes. Mientras, el segundo libro consta solo de tres epístolas, de
extensión mayor que las de su primer libro, dirigidas una de ellas a Augusto, otra
a Julio Flore y la última a la familia de los Pisones (esta epístola, conocida
como Arte Poética o Epístola a los Pisones, es una de las
grandes poéticas de la antigüedad, en la cual Horacio le aconseja a los Pisones
sobre el arte de escribir).
El
trabajo poético de Horacio no se caracterizó tanto por el manejo de alguna temática
específica y predominante (a pesar de que un gran porcentaje de su obra está
dedicada a su amigo y protector, Mecenas), sino por los géneros líricos y
métricas con los cuales realizó sus obras. Horacio más bien dedicó su poesía a los
acontecimientos o personajes que en su vida diaria le fueran relevantes, así
como a algunos sucesos comunes que no cualquier poeta hubiese utilizado de
inspiración para escribir poesía. El poeta romano le dedicó tanto versos a su
padre, a su amigo Mecenas, a la guerra civil; así como a un plato de yerbas
condimentadas con ajo que le causaron malestares, o una vez que un árbol estuvo
a punto de aplastarlo y Horacio le dedicó una oda a aquel que plantó ese árbol:
Fue un día nefasto cuando te plantaron árbol fatal; una mano sacrílega
fue la que te hizo crecer para desdicha de la raza
venidera y oprobio del lugar.
¡No me cabe duda que le rompió la cabeza a su anciano padre y que, valido
¡No me cabe duda que le rompió la cabeza a su anciano padre y que, valido
de la noche, regó su hogar con sangre de su huésped!
(…)
(…)
·
Horacio. (2006). Odas y Épodos. Sátiras. Epístolas. Arte
Poética. México: Porrúa.
Catulo - Poemas Selectos
I
¿A quién ofrezco este librillo nuevo
y ameno, recién pulido por la árida
pómez? A ti, Cornelio, que estimabas
en algo mis pequeñas naderías,
ya cuando narrabas la historia itálica
en tres volúmenes doctos, por Júpiter,
y elaborados, con tu original
osadía. Toma pues lo que sea
de este librito, valga lo que valga,
y que éste permanezca más de un siglo
sin marchitarse, oh musa virginal.
¿A quién ofrezco este librillo nuevo
y ameno, recién pulido por la árida
pómez? A ti, Cornelio, que estimabas
en algo mis pequeñas naderías,
ya cuando narrabas la historia itálica
en tres volúmenes doctos, por Júpiter,
y elaborados, con tu original
osadía. Toma pues lo que sea
de este librito, valga lo que valga,
y que éste permanezca más de un siglo
sin marchitarse, oh musa virginal.
II
Gorrioncito, joya de mi pequeña,
con quien juega, al que resguarda en el seno,
al que suele dar la yema del dedo
y le incita desgarrados mordiscos:
cuando a mi deseo resplandeciente
le place tornarse alegre y aliviarse
de sus cuitas, para aplacar su ardor,
¡cuánto me gustaría, como hace ella,
jugar contigo y desterrar las penas
lejos de mi triste ánimo!
(II b)
Me es tan grato como a la niña el fruto
doradito que soltó el ceñidor
que tanto tiempo permaneció atado.
Gorrioncito, joya de mi pequeña,
con quien juega, al que resguarda en el seno,
al que suele dar la yema del dedo
y le incita desgarrados mordiscos:
cuando a mi deseo resplandeciente
le place tornarse alegre y aliviarse
de sus cuitas, para aplacar su ardor,
¡cuánto me gustaría, como hace ella,
jugar contigo y desterrar las penas
lejos de mi triste ánimo!
(II b)
Me es tan grato como a la niña el fruto
doradito que soltó el ceñidor
que tanto tiempo permaneció atado.
III
Llorad, tanto Gracias y Cupidillos,
como todos los hombres más sensibles.
El gorrioncito de mi niña ha muerto,
el gorrioncito, joya de mi niña,
a quien amaba más que a sus ojitos;
pues de miel era y conocía, como
la hija conoce a su madre, a su dueña;
nunca se apartaba de su regazo,
sino que, saltando a su alrededor,
piaba constantemente para su ama.
Y ahora hace un camino de tinieblas,
hacia un lugar de retorno prohibido.
Sed malditas, malas sombras del Orco,
que fagocitáis todo lo precioso;
me arrancasteis este gorrión tan lindo.
¡Oh, acción malévola!¡Oh, gorrión perdido!
Ahora, por tu culpa, los ojitos
hinchaditos de mi niña se encarnan.
Llorad, tanto Gracias y Cupidillos,
como todos los hombres más sensibles.
El gorrioncito de mi niña ha muerto,
el gorrioncito, joya de mi niña,
a quien amaba más que a sus ojitos;
pues de miel era y conocía, como
la hija conoce a su madre, a su dueña;
nunca se apartaba de su regazo,
sino que, saltando a su alrededor,
piaba constantemente para su ama.
Y ahora hace un camino de tinieblas,
hacia un lugar de retorno prohibido.
Sed malditas, malas sombras del Orco,
que fagocitáis todo lo precioso;
me arrancasteis este gorrión tan lindo.
¡Oh, acción malévola!¡Oh, gorrión perdido!
Ahora, por tu culpa, los ojitos
hinchaditos de mi niña se encarnan.
IV
Aquel barquito que veis cuenta, oh huéspedes,
que él fue, de todas, la nave más rápida,
jamás trabada por el traidor leño
flotante. Bien con los remos volar
podía, si era necesario, bien
con las velas de lino.
Y niega que esto niegue la acechante
costa del Adriático, o las Cícladas,
y Rodas la noble y Tracia Propóntida
terrible o el furïoso golfo Póntico,
donde, antes de barquito, fue un tupido
bosque: pues en la cima del Citoro,
con parlante crin, lanzó silbo hermoso.
A ti, Póntica Amastris, en boj rico
Citoro: afirma que fue conocido
por ti y que en su origen último sobre
tu altura se mantuvo firme; aguas
fueron las tuyas en que hundió sus palas.
Y desde allí portó a su señor, ora
viniera diestra o siniestra del alba
la llamada, por tanto mar soberbio;
ora hiriera Júpiter el velamen
con acción favorable.
Y no había hecho votos a los dioses
costeros, cuando de la mar llegó
por fin hasta este cristalino lago.
Pero esos tiempos pasaron y ahora
envejece en recóndita quietud,
dedicándose a ti, gemelo Cástor,
y también a ti, de Cástor gemelo.
Aquel barquito que veis cuenta, oh huéspedes,
que él fue, de todas, la nave más rápida,
jamás trabada por el traidor leño
flotante. Bien con los remos volar
podía, si era necesario, bien
con las velas de lino.
Y niega que esto niegue la acechante
costa del Adriático, o las Cícladas,
y Rodas la noble y Tracia Propóntida
terrible o el furïoso golfo Póntico,
donde, antes de barquito, fue un tupido
bosque: pues en la cima del Citoro,
con parlante crin, lanzó silbo hermoso.
A ti, Póntica Amastris, en boj rico
Citoro: afirma que fue conocido
por ti y que en su origen último sobre
tu altura se mantuvo firme; aguas
fueron las tuyas en que hundió sus palas.
Y desde allí portó a su señor, ora
viniera diestra o siniestra del alba
la llamada, por tanto mar soberbio;
ora hiriera Júpiter el velamen
con acción favorable.
Y no había hecho votos a los dioses
costeros, cuando de la mar llegó
por fin hasta este cristalino lago.
Pero esos tiempos pasaron y ahora
envejece en recóndita quietud,
dedicándose a ti, gemelo Cástor,
y también a ti, de Cástor gemelo.
V
Vivamos y amemos, oh Lesbia mía,
y démosles menos valor que a un as
a las voces de los viejos severos.
Los astros pueden morir y volver;
muerta nuestra breve luz, deberemos
dormir una última noche perpetua.
Dame mil besos, seguidos de un ciento;
luego otros mil, luego un segundo ciento;
luego otros mil seguidos, luego un ciento.
Después, hechos ya muchísimos miles,
revolvámoslos, para no saber
ni nosotros, ni el malvado que mira
acechante, cuántos besos nos dimos.
Vivamos y amemos, oh Lesbia mía,
y démosles menos valor que a un as
a las voces de los viejos severos.
Los astros pueden morir y volver;
muerta nuestra breve luz, deberemos
dormir una última noche perpetua.
Dame mil besos, seguidos de un ciento;
luego otros mil, luego un segundo ciento;
luego otros mil seguidos, luego un ciento.
Después, hechos ya muchísimos miles,
revolvámoslos, para no saber
ni nosotros, ni el malvado que mira
acechante, cuántos besos nos dimos.
VI
Flavio, de tus deleites a Catulo,
si no fueran burdos e indecorosos,
hablar querrías, sin callar detalle.
Pero yo no sé qué puta febril
prefieres:¡tanto te apena decirlo!
Pues tú no yaces una sola noche
solo; tu cama aulla, sin quedar tácita
nunca, olorosa de algún sirio aceite
y guirnaldas; y quedan tus cojines
gastados, entre el chirriar que sacude
tu lecho, tan trémulo y fatigado.
Pues no sirve de nada que los crápulas
callen: ¿y por qué? Tus gastados flancos
delatan todas tus obscenidades.
Dinos qué tienes de malo y qué tienes
de bueno, pues quiero llevarte al cielo,
con tus amores, en estos versitos.
Flavio, de tus deleites a Catulo,
si no fueran burdos e indecorosos,
hablar querrías, sin callar detalle.
Pero yo no sé qué puta febril
prefieres:¡tanto te apena decirlo!
Pues tú no yaces una sola noche
solo; tu cama aulla, sin quedar tácita
nunca, olorosa de algún sirio aceite
y guirnaldas; y quedan tus cojines
gastados, entre el chirriar que sacude
tu lecho, tan trémulo y fatigado.
Pues no sirve de nada que los crápulas
callen: ¿y por qué? Tus gastados flancos
delatan todas tus obscenidades.
Dinos qué tienes de malo y qué tienes
de bueno, pues quiero llevarte al cielo,
con tus amores, en estos versitos.
VII
Me preguntas, oh Lesbia, cuántos besos
tuyos me sean suficientes,cuántos
me sean demasiados.
Cuan gran número de arena de Libia
yace en Cirene, de laserpicïo
plena, entre el oráculo del ardiente
Jove y el túmulo del anciano Bato;
o cuantos astros nos ven, al callar
la noche, enredados en amoríos;
sólo esa cantidad satisfará
a Catulo el loco, y demasïados
serán, y afortunados,
que ni contarlos podrán los curiosos
ni con sus malas lenguas hechizarlos.
Me preguntas, oh Lesbia, cuántos besos
tuyos me sean suficientes,cuántos
me sean demasiados.
Cuan gran número de arena de Libia
yace en Cirene, de laserpicïo
plena, entre el oráculo del ardiente
Jove y el túmulo del anciano Bato;
o cuantos astros nos ven, al callar
la noche, enredados en amoríos;
sólo esa cantidad satisfará
a Catulo el loco, y demasïados
serán, y afortunados,
que ni contarlos podrán los curiosos
ni con sus malas lenguas hechizarlos.
VIII
¡Ay, Catulo, deja de hacer simplezas,
y ten lo que está muerto por perdido!
Radiantes soles te brillaban cuando,
en esos días, ibas
allí donde quería la niñita,
amada por nosotros como nadie
será amada jamás.
Muchas fiestas celebraste allí entonces,
que tú deseabas y ella no odiaba.
En verdad, lucían soles radiantes.
Ella ya no lo quiere,
no lo quieras tú, débil,
ni persigas a la que huye, ni vivas
miserable: resiste
con tu mente obstinada.
Adiós, niña. Catulo aguanta ya,
no te rogará ni pedirá nada.
Mas sufrirás, cuando por nadie seas
rogada. ¡Ay, infame! ¿Qué vida te queda?
¿Quién irá a ti hoy? ¿Quién verá tu belleza?
¿A quién amarás ahora? ¿De quién
se dirá que eres? ¿A quién besarás?
¿A quién morderás los delgados labios?
Pero, Catulo, aguanta decidido.
¡Ay, Catulo, deja de hacer simplezas,
y ten lo que está muerto por perdido!
Radiantes soles te brillaban cuando,
en esos días, ibas
allí donde quería la niñita,
amada por nosotros como nadie
será amada jamás.
Muchas fiestas celebraste allí entonces,
que tú deseabas y ella no odiaba.
En verdad, lucían soles radiantes.
Ella ya no lo quiere,
no lo quieras tú, débil,
ni persigas a la que huye, ni vivas
miserable: resiste
con tu mente obstinada.
Adiós, niña. Catulo aguanta ya,
no te rogará ni pedirá nada.
Mas sufrirás, cuando por nadie seas
rogada. ¡Ay, infame! ¿Qué vida te queda?
¿Quién irá a ti hoy? ¿Quién verá tu belleza?
¿A quién amarás ahora? ¿De quién
se dirá que eres? ¿A quién besarás?
¿A quién morderás los delgados labios?
Pero, Catulo, aguanta decidido.
XXXII
Te lo ruego, dulce Ipsitila, joya
mía, mi belleza soñada: manda
que acuda a ti a mediodía, y ayúdame
si lo haces: no cierre nadie la
fina hoja de la puerta, ni salgas fuera;
debes quedar en tu casa y tener
nueve polvos continuos listos para
nosotros. Mándalo ya, si has de hacerlo:
aquí yago, boca arriba a la fuerza,
rebosante, atravesando mi palio
y mi túnica, esperando tu auxilio.
Te lo ruego, dulce Ipsitila, joya
mía, mi belleza soñada: manda
que acuda a ti a mediodía, y ayúdame
si lo haces: no cierre nadie la
fina hoja de la puerta, ni salgas fuera;
debes quedar en tu casa y tener
nueve polvos continuos listos para
nosotros. Mándalo ya, si has de hacerlo:
aquí yago, boca arriba a la fuerza,
rebosante, atravesando mi palio
y mi túnica, esperando tu auxilio.
LI
Que es igual a un dios me parece aquel
(y que supera a los dioses, si es lícito)
que sentado frente a ti, sin cesar,
observa y escucha cómo
ríes con dulzor, lo que me arrebata
los sentidos, mísero: Lesbia,
en cuanto te veo, ya no me queda
ni un hilo de voz,
la lengua se torna torpe, y a manar
comienza una llama bajo mis miembros;
me zumban los oídos y una noche
doble cubre mis ojos.
El ocio, Catulo, te es muy molesto;
en el ocio te exaltas e impacientas.
El ocio ya perdió antes muchos reyes
y ciudades felices.
Que es igual a un dios me parece aquel
(y que supera a los dioses, si es lícito)
que sentado frente a ti, sin cesar,
observa y escucha cómo
ríes con dulzor, lo que me arrebata
los sentidos, mísero: Lesbia,
en cuanto te veo, ya no me queda
ni un hilo de voz,
la lengua se torna torpe, y a manar
comienza una llama bajo mis miembros;
me zumban los oídos y una noche
doble cubre mis ojos.
El ocio, Catulo, te es muy molesto;
en el ocio te exaltas e impacientas.
El ocio ya perdió antes muchos reyes
y ciudades felices.
LXXXV
Odio y amo. Por qué lo haga me preguntas tal vez.
No sé (pero siento cómo se hace y me torturo).
Odio y amo. Por qué lo haga me preguntas tal vez.
No sé (pero siento cómo se hace y me torturo).
XCIX
Juvencio, te robé un furtivo beso
-a ti, que eres de miel- aún más dulce
que la ambrosía dulce. Pero no lo hice
impunemente: recuerdo haber quedado
crucificado en alta cruz, y haber
tratado con gran llanto de borrar
un poquito tu áspera crueldad.
En cuanto te besé, tus parvos labios,
mojaditos por gotas incontables,
te limpiaste con todos tus deditos,
para que no quedara nada en ellos
de mi saliva infecta de orinada
loba. Además, me diste al Amor cruel,
¡ay de mí!, sin cesar de atormentarme,
para tornar aquel besito dulce
en un beso más triste que el más triste
eléboro. Si impones al amor
desgraciado tan grande pena, nunca
más habré de robarte beso alguno.
Juvencio, te robé un furtivo beso
-a ti, que eres de miel- aún más dulce
que la ambrosía dulce. Pero no lo hice
impunemente: recuerdo haber quedado
crucificado en alta cruz, y haber
tratado con gran llanto de borrar
un poquito tu áspera crueldad.
En cuanto te besé, tus parvos labios,
mojaditos por gotas incontables,
te limpiaste con todos tus deditos,
para que no quedara nada en ellos
de mi saliva infecta de orinada
loba. Además, me diste al Amor cruel,
¡ay de mí!, sin cesar de atormentarme,
para tornar aquel besito dulce
en un beso más triste que el más triste
eléboro. Si impones al amor
desgraciado tan grande pena, nunca
más habré de robarte beso alguno.
CI
Después de recorrer muchos países
y mares, he llegado, hermano mío,
para asistir a tus exequias tristes,
para rendirte el último tributo
y vanamente hablarle a tus cenizas
mudas, porque el destino te ha apartado
de mi lado a traición, injustamente.
Ahora, toma al menos esta ofrenda,
que según la paterna tradición
se tributa a los muertos, recubierta
por completo de lágrimas fraternas.
Este es mi último adiós, querido hermano.
Después de recorrer muchos países
y mares, he llegado, hermano mío,
para asistir a tus exequias tristes,
para rendirte el último tributo
y vanamente hablarle a tus cenizas
mudas, porque el destino te ha apartado
de mi lado a traición, injustamente.
Ahora, toma al menos esta ofrenda,
que según la paterna tradición
se tributa a los muertos, recubierta
por completo de lágrimas fraternas.
Este es mi último adiós, querido hermano.
Fuente: http://www.liceus.com/cgi-bin/ac/pu/catulo.asp
sábado, 23 de noviembre de 2013
Safo
(Lesbos, actual Grecia, s. VII a.C.-id., s. VI a.C.) Poetisa griega. Pocos datos ciertos se tienen acerca de Safo, de quien tan sólo se conservaron 650 versos, extraídos de citas tardías y del moderno estudio de papiros. Vivió toda su vida en Lesbos, con la excepción de un corto exilio en Sicilia motivado por las luchas aristocráticas. Supuestamente perteneciente a la aristocracia, llevó la vida propia de las mujeres de la clase alta, alejadas necesariamente del ambiente de luchas e intrigas políticas; según una tradición que parte de Anacreonte, era homosexual. Se la ha presentado siempre como profesora de una escuela de poesía fundada por ella, lo que es difícil de certificar, aunque sí es cierto que convivía con sus compañeras en un clima distendido y propicio a la contemplación y recreación en el arte y la belleza.
De su obra, que al parecer constaba de nueve libros de extensión variada, se han conservado algunos Epitalamios, cantos nupciales para los cuales creó un ritmo propio y un metro nuevo, que pasó a denominarse sáfico, y fragmentos de poemas dirigidos a algunas de las mujeres que convivían con ella.
De su obra, que al parecer constaba de nueve libros de extensión variada, se han conservado algunos Epitalamios, cantos nupciales para los cuales creó un ritmo propio y un metro nuevo, que pasó a denominarse sáfico, y fragmentos de poemas dirigidos a algunas de las mujeres que convivían con ella.
En ellos se entrevé la expresión de una subjetividad que se recrea en sutiles oscilaciones de ánimo, en un intento de dar forma a la pasión. Presenta la pasión amorosa como una fuerza irracional, situada entre el bien y el mal, que se apodera del ser humano y se manifiesta en diversas formas, como los celos, el deseo o una intangible nostalgia, e incluso produce reacciones físicas, como las que describe detalladamente en uno de sus poemas, el más completo que se ha conservado de ella.
miércoles, 20 de noviembre de 2013
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